sábado, 19 de julio de 2014

Fernando Castro Pacheco. Costumbrismo yucateco.

Actualmente es difícil encontrar propuestas de arte que escapen a un narcisismo exacerbado. Lo triste es que se ha perdido la cándida mirada, la atenta contemplación de las formas más cotidianas para transformarlas en materia prima de la belleza. Probablemente sea un romántico a deshora, ya que a mí no me tocó el auge de la pintura mexicana, nunca alcé mi puño al aire para proclamar "obreros del mundo uníos", ni mucho menos llegué a pensar que a través del arte es que cambiaremos conciencias en masa.

No obstante he tenido la fortuna de asistir a exposiciones memorables que provienen de aquella época, o bien, de discípulos que crearon su propio imaginario. Una rama del arte mexicano que se sacude en solitario, mientras el árbol entero rebosa de cajas de cartón y figuras de colección de tamaño colosal.

Pues bien, Castro Pacheco fue una de las hojas más rebosantes de la rama solitaria. Una hoja magnífica dibujada por el fondo que le rodeaba. Yucateco y viajero, Castro Pacheco aprendió observando a los grandes. En sus primeros grabados de los años 40 se pueden ver influencias de Orozco, y en algunas pinturas el fantasma de Rivera ronda en las pinceladas. Hacia los 50 se dejó seducir por la abstracción, constructivismo y el funcionalismo, nada extraño considerando que tuvieron honda huella en México, sobre todo en la arquitectura. Es después de este periodo que Castro Pacheco comienza a producir piezas de belleza sutil. Sus óleos semejan acuarelas de vibrantes colores, contrastes violentos donde son dibujados personajes del cotidiano yucateco con una maestría excepcional.

No podía dejar de pensar en Ricardo Martínez y sus monumentales madres mientras observaba la obra de Castro Pacheco; la similitud con ambos es su culto a la madre, o bien a la figura femenina. Castro Pacheco se diferencia de Martínez porque en este caso la madre no es un monolito religioso, es la sensualidad y la serenidad. Bellas mujeres invaden los lienzos con miradas penetrantes, ningún musculo en tensión, la madre no carga al hijo, parece verlo alejarse como quien sabe que la crianza ha terminado.

"La novia" merece un lugar aparte. Una bruma verde y brillante parece venirsenos encima y aparece un rostro altivo y orgulloso, coronado por un velo; una cascada que baña la espalda bien erguida y magnífica de curvas pronunciadas. A las faldas de la transparente cascada están unas manos suaves que sostienen un modesto ramo de azar de flores blancas. Lo que enamora es la media sonrisa de la mujer; una curva delicada alzada al cielo; la sonrisa de una mujer segura, feliz; una mujer que lo tiene todo con tan poco.

Visiten esta hermosa exposición en el Museo Mural Diego Rivera. Más información aquí.



Armando Tolentino

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